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viernes, 29 de mayo de 2015

LA RECURRENCIA DE LOS SENTIDOS

Varèse y Xenakis eran algunos de los compositores que se escuchaban en casa y fueron la banda sonora de mi infancia. Recuerdo muchas tardes infantiles, escondida bajo la mesa del comedor, en mi pequeño mundo imaginario, proyectando figuras espectrales al compás de Poema Electrónico de Varèse o imaginando batallones de cartas con Oresteïa de Xenakis. En esa época, la música contemporánea de mis padres, Alicia en al país de las maravillas, Las siete cabritas y el cuento más hermoso del mundo del que no recuerdo su nombre pero nunca olvidaré porque mi madre lo contaba de forma maravillosa... entonces se paraba la paloma y preguntaba, ¿qué hace el rey con su reina mora? y el hortelano le respondía, a veces canta y a veces llora... eran el alimento de mi imaginación. (En esta historia la paloma era una princesa encantada por una aguja clavada en su cabeza, la parte que más me gustaba)

Han pasado muchos años desde aquel tiempo y todas estas, historias, imágenes y sonidos vuelven a mi de muchas formas maravillosas, como las fotos de Abelardo Morell 


O el proyecto de Le Corbusier y Xenakis (porque Le Corbusier se acabronó con el pabellón Phillips, pero Xenakis hizo lo suyo)


O el trabajo de otro griego no griego Coti K

  
O la hermosa coreografía de un rial griego en homenaje a la más bacana de las bacanas 





lunes, 18 de mayo de 2015

When I Grow Up

Mirando hacia atrás 
me alegro de que dos cuando crezca que pensé en mi infancia
no se cumplieron:
Ser monja.
Trabajar en una oficina con muchos timbres y papeles que firmar.


Recuerdo horas invertidas elucubrando rudimentariamente acerca del futuro. 
Porque cuando se es niño los adultos insisten en sembrar esa ansia de llegar a ser, cuando ser es lo único posible.
Y luego nos pasamos gran parte de nuestra vida pensando, imaginando, sufriendo, deseando, temiendo por lo que llegaremos (o no) a ser cuando más grandes, cuando más viejos.
Cuánta vida presente perdida pensando en una vida que probablemente nunca ocurrirá como creemos.
Porque la vida es vida y los sueños sueños son como casi dice mi amigo Calderón.




miércoles, 6 de mayo de 2015

El cotidiano ¿me mata?

Volveré a las historias esas que fluyen no más. Estos días pienso mucho en la muerte, no en la mía pero en la de algunos que amo. Personas que viven su día a día pero que viejas, cansadas y gastadas esperan con pasmo la muerte.

Lo ridículo de este pensamiento es que en verdad yo podría morir ahora, mientras escribo esto, de un paro cardíaco, atorada con las flores de Bach que me tengo que tomar más rato o asfixiada por mi gata que le ha dado por dormir encima mío. 

Por qué si sabemos esto dejamos que el cotidiano nos mate antes de tiempo? Porque incluso en la repetición hay descubrimiento, placer. Porque en lo trivial hay poesía, sino pregúntenle a Parra o a Duchamp (en este caso tendría que ser con la ouija).

Tan pocas veces nos dedicamos a auscultar el misterio que impregna lo cotidiano. A sintonizar con la sustancia silenciosa de lo doméstico. Y esto me lleva a pensar en mi infancia, donde viví la muerte de lo cotidiano con tanta intensidad como el misterioso placer de las rutinas.

Recuerdo tardes oscuras, lentas, de esas donde el tic tac del reloj parecía trepanarme el cerebro. Esa sensación del cotidiano aplastándome, la sensación de no tener horizonte donde mirar, ni ruta para viajar o destino donde llegar. Parada (o sentada) esperando que algo me tocara por dentro.

Recuerdo días y noches agitadas, luminosas, llenas de cosas, llenas de experiencias, sensaciones, preguntas, esos días en que el tiempo no existe o si existe no importa. Días y noches donde la experiencia de estar vivo no cabe en tu cuerpo, no se explica con palabras, no sabe de dudas. 

Quizá lo único diferente de ambas experiencias es que en la segunda yo habitaba el mundo, junto a las cosas y a los otros, expuesta a lo por venir. En la primera todo era yo y ensimismada miraba sin ver mis propias ruinas.