Hoy pasé por el exterior de la que, hace un par de años, fuera mi casa. A juzgar por mi corazón, intuyo que me he reconciliado con el pasado, que es posible volver a amar lo que amamos y volver a amar lo que aún desconocemos.
Hoy, mientras caminaba por Santiago vi que el otoño es como las personas. La lluvia se había llevado la tierra de los árboles, el smog de los edificios y de los letreros en la calle. Las avenidas con montones de hojas secas, como jirones entre pastos verdes y húmedos. Árboles con restos de lo que fueran nidos, ramas desnudas y uno que otro arbusto con verdes hojas. El sol alumbraba desde todas partes y en cada vuelta de esquina un rayo señalaba mis pasos. No se por qué pensé en que el otoño es como las personas... Quizás porque el aire como nunca tenía olor a aire y el viento gélido enrojecía mis mejillas. Quizás porque las personas también estamos llenos de jirones y humedades. Acaso porque también morimos estando vivos, y vivimos pareciendo muertos. Caminar solitaria en este otoño de Santiago viendo la belleza de lo que comienza y termina riendo porque en lo que acaba siempre queda algo latente algo incierto y posible. Caminar solitaria disfrutando del anonimato pero de ese falso como en las películas cuando sobre la imagen final se imprimen los créditos mientras empieza a sonar It's Okay de Land of Talk.
Febrero de pronto lo transforma todo. Los árboles pierden sus hojas en racimos que se precipitan lentamente con el viento que de a poco corre con más fuerza mientras que la gente se ha ido y la ciudad pareciera a punto de quedarse quieta, así de pronto. Febrero me gusta porque me recuerda cosas, me recuerda historias, me recuerda mujeres y hombres que pasaron por mi vida y que han muerto, algunos murieron en Febrero, o al menos me gusta pensarlo así. Febrero tiene un dejo de nostalgia por el verano que esperé con ansias y que de repente ya se acaba porque las hojas que se caen en racimos y la gente que se ha ido pareciera decirnos que el verano esta en otra parte, que se ha ido así de pronto a otro lugar. Febrero me gusta porque siento el viento frío en mis piernas cuando camino, así como camino yo, con pasos grandes y largos así como una pequeña pequeña gigante y me gusta cerrar los ojos especialmente en las mañanas cuando camino por la Alameda frente a la Moneda y camino esa cuadra grande y ancha con los ojos cerrados sintiendo el viento frío de la mañana en mis piernas, largas casi gigantes. Febrero me gusta porque todo ocurre lentamente como en la infancia y como que el mundo es más pequeño y el horizonte esta cerca cerca de nuestros ojos y lejos lejos en la imaginación. Febrero me gusta por el viento. En este preciso instante miro por la ventana de mi departamento y veo el viento colándose entre los árboles de la calle entre el pelo de una joven que pasa corriendo entre los autos enchulados que a diario pasan por Lira lo veo colarse por mi ventana y entrar como buscando algo, quizá un par de piernas gigantes casi tanto como las de una pequeña pequeña gigante. Febrero me gusta porque no hay planes porque todo y nada es posible porque las noches son tibias y frías son alegres y tristes son solitarias y en compañía son simples, complejas, desprovistas, suculentas, en reversa y con vuelo. Febrero me gusta como me gustan las manzanas, el pan con palta, la michelada, rio de janeiro, los piqueros en la playa, los besos y las caminatas. Febrero me gusta como me gusta mi gata y sus gatunos movimientos, me gusta como me gustan los kojak rojos, me gusta como me gusta escuchar el especial de The Smith que están tocando en la Horizonte. Febrero me gusta y concuerdo con Wittgenstein... no son las cosas sino los hechos los que forman el mundo, al menos el de esta pequeña pequeña gigante.
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